25.1.07

John Cheever (1912-1982): En las comillas de la normalidad


Por Sofi Richero

I
Es ciertamente tautológico decir que los epígrafes que preceden esta nota quieren comentar algo sobre la literatura de John Cheever. Pero parece necesario empezar por señalar que el diálogo implícito entre las palabras de James y Emerson compromete uno de los dilemas morales que la literatura de John Cheever padece más agudamente. Porque Cheever es obsesivamente retrospectivo, porque es del mismo modo un apólogo y un detractor de su background cultural, y porque tiene una herencia moral complicada. En su literatura desemboca, y en forma tan didáctica que hasta parece artificio, una de las más vigorosas tradiciones literarias y filosóficas de los Estados Unidos: la herencia moral de Nueva Inglaterra, el puritanismo desquiciado de Jonathan Edwards y Cotton Mather, el trascendentalismo místico de Emerson y Thoreau más tarde, y el austero discernimiento moral de Hawthorne. Puede ser imprudente comenzar a hablar de John Cheever con tanta grandilocuencia histórica, pero su literatura se regodea en eso, se autoproclama como moderno destilado, como desembocadura lógica de la ancestralidad moral de Massachusetts, tierra de escritores si las hay.
La geometría del amor (Emecé, 1998) llegó a Montevideo principiando octubre. La sugestiva fotografía de portada encuentra a John Cheever íntegramente vestido de jean, el pelo cano hacia atrás, probablemente engominado. La discreta soberanía emocional de un hombre de unos sesenta años, apuntada en un cigarrillo en la mano, la relajada posición del cuerpo en el sillón, las piernas altaneramente cruzadas, los pies liberados de zapatos. John Cheever era un hombre que disfrutaba enormemente de las descripciones; describir es un trabajo -solía decir-, hay hombres que tienen que encargarse de observar el mundo. Consecuentemente también se cubría él mismo, y aún en la intimidad -eso dicen sus hijos que fueron también sus biografistas- protegía la elegancia del trabajo de los otros virtuales descriptores. El mundo necesita elegancia y el mundo está repleto de gente dispuesta a describirlo.
La geometría del amor es tan sólo una excelente recopilación de sus cuentos, y una perfecta oportunidad para visitar el universo de John Cheever. La selección y las notas de la edición corresponden al escritor argentino Rodrigo Fresán, quien declara desde su lúcido prólogo, no sin cierto drasticismo, que John Cheever es su escritor favorito de todos los tiempos. Esta puntualización íntima, destinada a comentar más sobre Rodrigo Fresán que sobre el propio Cheever, es menos vanidosa que estratégica. Fresán parece querer alertar al lector hispanoamericano: Cheever fue contemporáneo, también en importancia, del venerado William Faulkner, y como Faulkner y su 'Yoknapatawpha', aunque en forma muy distinta, creó una mística literaria regionalista. Leer a Cheever, "el Chéjov de los suburbios" es un ejercicio de peregrinación: sus personajes son peregrinos neoyorquinos habitando los elegantes suburbios sobre el río Hudson; sus antecesores son peregrinos ingleses, colonos puritanos radicados en América'; los hombres y las mujeres que habitan la literatura de Cheever no cesan de viajar, porque parecía un paraíso, pero el paraíso varía de posición.

II

Si bien es cierto que Cheever se paró sobre el linaje de Nueva Inglaterra y habilitó un profundo y sostenido diálogo con la tradición calvinista de esa literatura; y si bien ya nadie discute un profundo diálogo intertextual con Hawthorne, también es cierto que en un principio Cheever fue indiscriminadamente asumido como un integrante casi paradigmático de la escuela de escritores del The New Yorker, junto a John O'Hara, J. P. Marquand, Saul Bellow, J.D. Salinger, y John Updike. Se sabe que sólo John O'Hara tiene más historias publicadas en sus páginas. En la mitología popular de las publicaciones norteamericanas The New Yorker sigue ocupando un espacio de privilegio: en sus páginas publicó por primera vez Vladimir Nabokov en Estados Unidos, y en sus páginas críticos de la talla de E. B. White, James Thurber o Edmund Wilson, para sólo nombrar a algunos, fueron santificados como la irreprochable autoridad crítica de Nueva York. Mientras tanto, los escritores de ficción que publicaron por primera vez en The New Yorker, han sido frecuentemente acusados de solapados apologistas de la propia clase media que intentaban satirizar, un grupo financiera y culturalmente insuflado por una 'América' derrotada que nadie estaba dispuesto a reconocer. Cheever, O' Hara, Updike y Salinger particularmente, fueron en sus comienzos malentendidos como una especie de obsesos eternamante atrapados en el círculo de una suerte de combinación Park Avenue-Madison Avenue-Wall Street como escenarios urbanos, y Westchester y el condado de Bucks, en lo que respecta a los enclaves domésticos suburbanos. Han sido acusados de confirmar y legitimar la obsecuencia de la clase media norteamericana; de concebir el corpus de la literatura del lamento, un corpus literario fuertemente sociológico e idiosincrático. Reprochados de un profundo resentimiento social, los escritores del New Yorker fueron asumidos como los aguafiestas, la mala conciencia social de Norteamérica.
Estados Unidos tiene una vasta y arraigada tradición literaria de territorialidades míticas: los grandes escritores norteamericanos han sido también cartógrafos de territorios que sólo lograron volverse nítidos una vez que su trabajo fue acumulándose con el tiempo. Para sólo dar dos nombres: Faulkner puede ser visto como otro escritor regional de los 30's; pero fue con los 60's que 'Yoknapatawpha' se vuelve un mito viviente que anima la historia del Sur profundo desde la Guerra Civil hasta la era Roosevelt; por su parte, Steinbeck se ocupa del hombre-tipo de la Depresión en una westernizada América justo antes de la segunda guerra. Los escenarios, la territorialidad de ambos escritores es significada por el tiempo, se vuelven espacios míticos por un proceso acumulativo, de perspectiva temporal. Cheever en cambio, inaugura su literatura con escenarios-mitos y su obsecuencia para con ellos a lo largo del tiempo, instala una divergencia con el espíritu cartográfico de carácter más difuso de un Faulkner o un Steinbeck.
Aunque John Cheever escribió cinco novelas (ver 'Bibliografía Cheever') fueron sus ciento sesenta y un cuentos -la mayoría de ellos publicados en The New Yorker- los que lo conceptualizaron como uno de los más respetados short-story writers de la literatura norteamericana del siglo XX. R. G Colllins (1), uno de los más respetados críticos de Cheever, responsable de la compilación de Critical Essays on John Cheever, volumen que recoge una serie de lúcidos ensayos y críticas periodísticas sobre su literatura, ha ordenado la obra cartográfica del autor, dibujando la territorialidad-Cheever sobre el mapa de Estados Unidos, y analizando episódicamente cada uno de sus traslados. La literatura de Cheever explora y rescata la afluencia migratoria de la clase media acomodada del medio urbano hacia los suburbios durante las décadas del 40 y del 50. Esas ciudades-dormitorios a lo largo de la costa este del río Hudson con sus saludables y pequeñas ciudades-jardines en el sur de Connecticut, límite con el estado de Nueva York.
La mayoría de sus historias tienen lugar en los bastiones que el afluente clase-media-alta-hastiada de la ciudad sentó en los condados de Westchester y Fairfield. En ese itinerario, la obra de Cheever es clasificada por Samuel Coale de la siguiente manera: la primera y temprana obra de Cheever, una colección de cuentos cortos, se ocupan de los apartamentos en el East Side de New York. Su ciclo Wapshot -dos novelas: Crónica de los Wapshot (1957) y El escándalo Wapshot (1964)- se mueven a la anciana Nueva Inglaterra y un anacrónico pueblo puritano llamado St. Botolphs; el resto de su literatura -sus novelas Bullet Park (1969), Parecía un paraíso (1982), Falconer (1977) y la mayor parte de su cuentística- se concentra en lo que la crítica considera, en la tradición de Washington Irving, la "mitología del río Hudson": allí entran a jugar Shady Hill, Bullet Park, Proxmire Manor, suburbios que el lector de Cheever cree conocer como a su propia habitación, y al que ha destinado la gran mayoría de su obra.
Pero la territorialidad-Cheever no fue inmediatamente comprendida. Cuando escribió sobre St. Botolphs, una mítica Nueva Inglaterra de absurdidad y gentilidad, fue detractado como un arrogante elitista; cuando concibió la sociedad suburbana neoyorquina y asumió el papel del Gran Cronista, fue acusado de pesimismo moral, de espionaje sociológico, de polizón aguafiestas en el cóctel de la vida moderna suburbana. John Cheever es un subliminal apólogo del anarquismo, dijeron, sus tramposas comunidades imaginarias no hacen más que aniquilar todo vestigio del concepto comunitario utópico que cualquier nación que se precie debe cobijar como un recién nacido. Es que de hecho, por más de un cuarto de siglo, Cheever ha trazado, en forma de llaga, la metamorfosis de la cultura noroeste de Estados Unidos, con una percepción de rayos-láser.
Cheever hizo un tablero-espejo y movió las piezas hacia atrás, hacia delante y a los costados en un proceso de duelo por la 'América'estable perdida: llevó a sus hombres a los viejos pero moribundos orígenes en Nueva Inglaterra, y vio que allí no había salvación. Encajonó a sus personajes en la decadencia aristocrática de los edificios de New York, y vio que nada podía ser salvado allí. Entonces acompañó el éxodo, y sus personajes también corrieron a protegerse en los ilusorios paraísos burgueses de los suburbios: vió que allí no había salvación. Son sólo "metáforas del confinamiento humano", dijo Cheever. Había sed de ceremonia colectiva, pero paradojalmente eso no hacía más que confirmar hasta el paroxismo la soledad individual. El problema no era moverse, el problema era cambiar.

III

Dejemos a un lado sus dos novelas sobre St. Botolphs, Nueva Inglaterra, dejemos afuera a Falconer, que inaugura una dimensión prácticamente autónoma en la literatura de Cheever, una novela esencialmente redentora, del propio Cheever claro, pero de todas sus criaturas ficcionales también. Hablemos de historias suburbanas, de qué sucede en ellas. En una breve nota al cuento 'El enorme receptor de radio', integrado en La geometría del amor, Rodrigo Fresán acuña una expresión que bien puede servir de partida para atrapar lo que constituye algo así como el leit-motiv argumental de prácticamente todas las historias suburbanas de Cheever. Dice Fresán que este cuento "presenta un magistral tratamiento de uno de sus paisajes favoritos: la misteriosa vocación comunal del Mal".
La misteriosa vocación comunal del Mal es por cierto el paisaje anecdótico de los cuentos suburbanos de Cheever. El realismo más crudo, el detalle obscenamente cinematográfico de la clara prosa cheeveriana se ensaña primero en una radiografía de detalles costumbristas: la cámara-Cheever nos pasea por el vecindario y perfila cada una de las casas y cada uno de los matrimonios de la ciudad-jardín. Éste que corta pacientemente sus rosales, aquel que toma el tren de las 8-15, el matrimonio que ofrece el cóctel del domingo, quien hace de su perro un tótem que oficia de salva-silencios entre los vecinos, las mujeres que hacen beneficiencia, los feligreses más ritualistas, el que tiene un hijo conflictivo, etcétera. Una vez que el espectáculo está montado, la cámara de Cheever se atrinchera en una de esas hermosas casas y sólo filma. Filma minutos y minutos muertos, pero espera. Se agazapa entre conversaciones matrimoniales en el baño, filma el único y cándido aperitivo de la tarde -martini o gin- y filma cómo el único y cándido martini de la tarde se transforma en dos, en tres, en cuatro, en cinco no tan cándidos martinis.
Cheever construye su trinchera moral en la casa de un buen vecino; y camuflado como un hongo en la pared, se dedica a investigar en las comillas de la "normalidad". Qué son esas comillas, de qué dependen, en qué consisten. El encanto se quiebra en algún momento, y Cheever sorprende a las comillas de la normalidad hechas añicos en el piso. Un prudente ciudadano, un prolijo pagador de sus impuestos, un gran amante de su esposa, un buen padre de familia, un excelente jardinero, es tentado a cometer un exceso moral de cualquier tipo: robar a un vecino, seducir a la mujer de su mejor amigo, matar al hijo de la mujer más respetada del suburbio. Y Cheever se encarga muy bien de no depositarle back-grounds freudianos maltrechos a sus criaturas confundidas. Cheever y su cámara esperan pacientemente en la casa hasta que una abrupta revelación de una frustración genunina despierta.
Las historias de Cheever exploran la frágil trama moral de cualquier vida, sin proteccionismos psicológicos de ningún tipo: a pesar de sus sinceras creencias episcopales Cheever sabe más que nadie que la trama de la vida está hecha de hebras que de un momento a otro activarán la incompatibilidad esencial; Cheever sabe que la vida virtuosa convive todo el tiempo con la confusión sórdida. Y la incompatibilidad esencial de las fibras de todo hombre tienen que ver con el Pecado Original, subtexto religioso que explica toda la obra de Cheever. "Cheever era un hombre religioso. Y es esa creencia y ese sentimiento lo que a menudo hace que sus textos nos parezcan diferentes y más especiales que los de otros escritores de su tiempo", dijo Noran Mailer. Cheever lo explicó de este modo en una entrevista: "El atractivo que tiene para mí el sentido del pecado original es que se trata, creo, de una experiencia universal. Y la experiencia religiosa es, definitivamente, una de mis más legítimas preocupaciones, y me parece que debería serlo para cualquier adulto que alguna vez haya experimentado el amor (...) La literatura es el único registro continuo y coherente de nuestra lucha para ser ilustres, un momento de aspiración, un vasto peregrinar. Una luz radiante, supongo, se origina en el fuego. Supongo también que ese es uno de los primeros recuerdos que puede tener cualquier hombre. En mi iglesia, la misa termina, claro, no con una plegaria, no con un Amén. La misa termina con un acólito extinguiendo la llama de las velas... Luz, fuego; siempre han estado relacionados con la posibilidad de la grandeza del ser humano (...) Por lo que no me parece demasiado complicado ponerme de rodillas una vez por semana para agradecerle a Dios por la constante maravilla y la gloria de esta vida".
Quién más que Cheever -alcohólico durante mucho tiempo, gran esposo y padre que más tarde descubriría y terminaría asumiendo su bisexualidad- podría alegorizar tan cabalmente el esencial conflicto moral de toda criatura humana. Pero así como Cheever no es satírico -en primer lugar porque Cheever es esencialmente lírico, y en segundo término porque tiene una comprensión demasiado compasiva de la comedia humana como para satirizarla- tampoco es un moralista, aún cuando su trabajo, como lo muestra Falconer excepcionalmente, esté fuertemente embebido de sensibilidad puritana. Pocas de sus historias -amén de ese subtexto religioso que anima cualquiera de sus ficciones, y las citas y alusiones bíblicas intercaladas- comprometen un diseño evidentemente religioso.
La simpatía de Cheever por las carencias y las caídas de sus personajes se explica en tanto siempre termina redimiendo a sus hombres. La redención personal, la posibilidad de reinvención de un hombre, el legítimo derecho a reciclarse, es la contrapartida que el autor ofrece a la saña y el impudor con que relata las momentáneas caídas humanas. Como Raymond Carver, su discípulo natural, Cheever tiene un ojo especial para detectar lo bizarro y lo excéntrico en el aparente paisaje del control doméstico. Cheever predica, Cheever saca a la luz, pero nunca a costa de la profunda compasión que siente por esos hombres entre los que se incluye. Una inquebrantable decencia, una controlada dignidad, brilla permanentemente en su escritura.

IV

"La mayoría de los hombres vive en silenciosa desesperación. Lo que se llama resignación es resignación confirmada. De la ciudad desesperada pasáis al campo desesperado, y tenéis que consolaros con la valentía de los visones y las ratas almizcleras. Una desesperación estereotipada pero inconciente se oculta hasta debajo de los llamados juegos y diversiones de la humanidad". Estas palabras, escritas por Henry D. Thoreau, son tan inverosímilmente ajustadas para pensar la literatura de Cheever, que hasta parece posible considerarlas como un epígrafe absoluto de su obra. Cheever no vivió en el siglo XIX, pero es un trascendentalista más, un poeta filosófico en esencia. En Home before dark (2), una memoria biográfica de John Cheever, Susan, su hija, respasa la conflictiva y perdurable relación de su padre con sus ancestros de Nueva Inglaterra. Cuenta que su padre siempre les había dicho que el primer miembro de la familia en emigrar de Inglaterra había sido Ezekiel Cheever, que arribó al puerto de Boston en el "Arbella" en 1630. Ezekiel: John siempre adoró ese nombre. Llamó así a uno de sus perros, trató de persuadir a su hijo Ben de llamar a su nieto de esa forma, e incluso el protagonista de Falconer fue bautizado como Ezekiel Farragut. La manía "ancestralista" de Cheever, su obsesiva reflexión sobre el pasado, y sobre los fétidos, replicantes restos que va dejando el tiempo a su paso, tienen su correlato en la herencia y el convencimiento particularmente puritano de una evolución natural hacia el apocalipsis.
La propia ficción de Cheever acompaña esa evolución. Él es el Gran Predicador: sus textos están repletos de advertencias sobre el castigo catastrófico que hemos de pagar por nuestro insensato concepto de progreso. Y los símbolos del progreso enfermo en Cheever están casi siempre asociados a los medios de transporte: autos, trenes, ascensores, aviones que acotan y desordenan el tiempo confundiendo nuestra natural percepción metafísica. Muchos de los personajes de Cheever padecen fobias a los medios de transporte, y Cheever no parece encontrar explicaciones más sensatas para la profunda alienación psicológica de la modernidad que en estos juguetes infernales que el Mal ha instalado en nuestros jardines.
El tópico de la máquina-villano, el autómata infernal, es, a esta altura, anciano. Sin embargo, la crítica ha encontrado elementos para fundamentar que Cheever ha contribuído originalmente a sellar la tradición norteamericana de la máquina-diablo. Un lugar común de la literatura del XIX -en ese entonces la culpa recayó sobre la locomotora- que reemergería durante este siglo en escritores como Faulkner, Steinbeck y Hemingway. Cheever depositó en su obra una densa metáfora sobre el Fin: sembró máquinas absurdas en los jardines contemporáneos, y ejemplificó el advenimiento del apocalipsis en un marco absolutamente apropiado a la tarea: el inconciente optimismo bucólico del suburbio y su necesidad, por dependencia metropolitana, con la Ciudad-Diablo.

V

¿No hay algo absolutamente económico y al mismo tiempo perfecto en este comienzo?: "Me llamó Johnny Hake. Tengo treinta y seis años, y descalzo mido un metro sesenta, desnudo peso setenta kilogramos, y por así decirlo ahora estoy desnudo y hablando a la oscuridad. Fui concebido en el Hotel Saint Regis, nací en el Hospital Presbisteriano, me crié en Sutton Place, fui bautizado y confirmado en San Bartolomeo, estuve con los Knickerbocker Greys, jugué fútbol y béisbol en Central Park, aprendí a actuar en el marco de los toldos de las casas de departamentos del East Side, y conocí a mi esposa (Christina Lewis) en uno de esos grandes cotillones de Waldorf. Estuve cuatro años en la Marina, ahora tengo cuatro hijos, y vivo en una banlieue llamada Shaddy Hill. Tenemos una bonita casa con jardín y un lugar afuera para asar carne, y las noches de verano, cuando me siento allí con los niños y miro la pechera del vestido de Christina que se inclina hacia delante para asar carne, o que simplemente contempla las luces del cielo, me emociono tanto como puede ser el caso con actividades más temerarias y peligrosas, y creo que a eso se refieren cuando hablan del sufrimiento y la dulzura de la vida." ('El ladrón de Shady Hill', incluído en La geometría del amor).
¿Y no hay algo absolutamente lírico, tan sencillamente epifánico, en esta prosa final?: " Oh, ¿qué puede hacerse con un hombre así? ¿Qué puede hacer uno? ¿Cómo disuadir a su ojo de modo que en una multitud no distinga la mejilla con acné, la mano deforme; cómo enseñarle a reaccionar ante la grandeza inestimable de la raza, y la dura belleza superficial de la vida; cómo llevar su mano para que palpe las verdades obstinadas ante las que el miedo y el error son impotentes? Esa mañana el mar apareció iridiscente y oscuro. Mi hermana y mi esposa -Helen y Diana- nadaban, y vi sus cabezas, negro y oro en el agua oscura. Las vi salir y vi que estaban desnudas, desvergonzadas, bellas y plenas de gracia, y contemplé a las mujeres saliendo del mar". ('Adios, hermano mío', incluído en La geometría del amor).
Además de mostrar la calidad de la prosa de Cheever, los dos párrafos ofrecen la posibilidad de conocer dos de sus personajes-tipo. El hombre que encuentra la dulzura y el secreto de la vida en una súbita, epifánica contemplación de una escena doméstica; y el hombre que en la multitud sólo distingue la fealdad. Los personajes de Cheever tienden a categorizarse de esta forma: simplemente padecen la luz, simplemente padecen la oscuridad. El duelo de la dualidad, el maniqueísmo religioso está en todos los hombres de Cheever: hay un constante bordeo con los patrones tradicionales de la culpa y el diablo puritanos. Y eso sólo consigue volver aún más lírica su prosa, porque acaso no hay aparatos metafóricos más poéticos que los proporcionados por la religión.
La prosa de Cheever es sin duda realista, clara, por completo carente de opacidad. Simplemente corre, demanda ser leída de un tirón. Pero a diferencia de lo que sucede con Saul Bellow o John Updike, el párrafo de Cheever suele desembocar en un shock de placer normalmente asociado a la poesía. En un artículo recogido en el anteriormente citado Critical Essays on John Cheever, Samuel Coale señala: "La prosa de Cheever tiene la cadencia de la poesía moderna. Su estilo trae reminiscencias de la poesía tardía de Yeats, y del último W. H. Auden". Basta leer sus innumerables descripciones sobre el cielo o la lluvia, para darse cuenta que la escritura de Cheever es sencillamente epifánica. La neutralidad y la transparencia corriente de su prosa hace que un inesperado shock metafórico sea bienvenido como un haiku luminoso. Desde una alquimia sobrecargada de mitos, alusiones bíblicas, y terrorismo religioso, Cheever tan sólo obra para que reconsideremos el origen y la naturaleza de la ternura.

(1) Collins, R. G. Critical Essays on John Cheever. G.K Hall & Co. Boston, 1982

(2) Cheever, Susan. Home before dark. A Memoir of John Cheever by His Daughter. Houghton Mifflin Company, Boston, 1983.

24.1.07

Conversaciones cotidianas en medio de una jornada laboral

Dominga: Ayer ordené mis calzones y di de baja los muy viejos. yo no uso colaless, encuentro incómodo el pedazo de tela metido en la raja, me gustan las pantaletas (a tí no porque dijiste que había que tener la concha muy grande para usarlas, tú crees?, yo encuentro que no la tengo grande y me siento recómoda con pantaletas). Hoy ando con una pantaleta negra que tiene un hoyo atrás porque me molestan las etiquetas y llegué y se la corté con tijeras y se hizo un forado...
Juana:En realidad para usar pantaletas hay que tener un don y señor culo, de esos que se desbordan en las tazas del váter y que, por más que le busquemos la quinta pata al gato, no se puede decir más de ellos hiper culos andantes. Pasando a un tema literario, estuve viendo la página de vida social de la revista Paula que tan amablemente me entrega mi casera kioskera María, y salía la entrega de los famosísimos cuentos Paula. Hurgando en las fotos me di cuenta que siempre aparecen los mismos personajes, en este caso, salía Gumucio, bizama, no sé, los mismos. Ver aquello me provocó algo raro en la guata, algo que obviamente en un día como hoy en el que llevo 3 días con diarrea no sé explicar muy bien. Porque puede ser producto de mi persistente enfermedad, o de la sensación que me provoca ver que las caras y los círculos se repiten como si estuviéramos en una época antigua, como si la revolución francesa no hubiera servido para nada. Me entiende? Dígame que me entiende y que no soy una loca resentida. Porqué me cuesta el establishment?????????? Ahhhh
Dominga:bisama, gumucio, los mismos de siempre...
el tema literario, comidillas, comidillos, felicitaciones, en chile hay tantos poetas y narradores... porque la geografía lo permite me digo, la verdad no pienso mucho en ello.
Cuando a Bryce le preguntaron por qué escribía contestó: "para que me quieran más". Rotundo no? Bisama y Gumucio deben tener razones similares supongo. O quizá saben que ya nunca nadie los va a querer y por eso mismo siguen escribiendo con ese cálculo que te molesta tanto que te licua las tripas. y claro que es molesto ver esa urgencia, ese modo precipitado de abalanzarse a los salones letrados para poner la garra encima de un libro y decir "te gustó lo que escribí? claro que descompone, por supuesto que enerva. y lo que más carcome es que no son buenas personas ni quieren serlo, mejor pasar por hipocondríacos hijos de puta quisquillosos reculiaos mirando siempre por el rabillo del ojo el pasto del vecino. pffffffffffff, me asfixio, sabes donde voy ahora?: al parque.


One art
Elizabeth Bishop (EEUU, 1902-1988)

The art of losing isn't hard to master;
so many things seem filled with the intent
to be lost that their loss is no disaster.

Lose something every day. Accept the fluster
of lost door keys, the hour badly spent.
The art of losing isn't hard to master.

Then practice losing farther, losing faster:
places, and names, and where it was you meant
to travel. None of these will bring disaster.

I lost my mother's watch. And look! my last, or
next-to-last, of three loved houses went.
The art of losing isn't hard to master.

I lost two cities, lovely ones. And, vaster,
some realms I owned, two rivers, a continent.
I miss them, but it wasn't a disaster.

-- Even losing you (the joking voice, a gesture
I love) I shan't have lied. It's evident
the art of losing's not too hard to master
though it may look like (Write it!) like disaster.


Un arte

El arte de perder no es muy difícil;
tantas cosas contienen el germen
de la pérdida, pero perderlas no es un desastre.

Pierde algo cada día. Acepta la inquietud de perder
las llaves de las puertas, la horas malgastadas.
El arte de perder no es muy difícil.

Después intenta perder lejana, rápidamente:
lugares, y nombres, y la escala siguiente
de tu viaje. Nada de eso será un desastre.

Perdí el reloj de mi madre. ¡Y mira! desaparecieron
la última o la penúltima de mis tres queridas casas.
El arte de perder no es muy difícil.

Perdí dos ciudades entrañables. Y un inmenso
reino que era mío, dos ríos y un continente.
Los extraño, pero no ha sido un desastre.

Ni aun perdiéndote a ti (la cariñosa voz, el gesto
que amo) me podré engañar. Es evidente
que el arte de perder no es muy difícil,
aunque pueda parecer (¡escríbelo!) un desastre.

18.1.07

Fotografía de Juan Diego Santa Cruz


Enero de 2007. Parece un cuadro de Tomás Daskam. La araucaria vive hace tantos años ahí. Al lado de la palma, con el sol entrándoles cada mañana, y los gritos alcohólicos por las noches.

Ciclistas en cerros porteños


Andar en bicicleta en Valparaíso es una locura. Sobre todo si tu bicicleta no tiene cambios. La alternativa es avenida Alemania que fue diseñada para atravesar los cerros. Plana como el vientre de una bailarina. La gente suele observar a los ciclistas como diciendo: "pobre idiota". Un ciclista en los cerros porteños es un especímen raro. Yo ando en bicicleta por los cerros porteños y me han mirado como diciéndome: "pobre idiota". Qué más da. Qué se les puede responder. Importante tener las ruedas bien infladas. La mía suele estar fofa. Un vecino amable le echó aire a la rueda trasera cuando me vio sudar la gota gorda mientras subía por san juan de dios. Parecía tan amable. Mientras hacía su obra del día, por la puerta de su taller mecánico, salió una mujer mayor, como él. Su esposa quizás. Chao le dijo. Ya, respondió él. ¿Qué clase de despedida es esa? ejó de parecerme bueno, seguro le pegaba por las noches cuando se tomaba su copete. Pero me infló las ruedas con hartas ganas y no me cobró un peso. Se siente la diferencia. La chancha se mueve rápido. Sube con más ahinco. Y el paso se vuelve fugaz y el mito de tu absurda osadía, una nimiedad. Otro contra son los perros vagos que se te tiran a ladrarte como si fueras un ratero nocturno. Y ellos, que en Valparaíso son más de 3 mil, hacen lo que se les venga en gana. Algunos, por ejemplo, ladrarle a los ciclistas ilusos. Lauzán que es un ilustrador cubano radicado en chile, adaptado al frío santiaguino, a su ruido y a su gente, asegura que Valparaíso es una mierda por que está lleno de lomas y eso hace impensable subirse a una bicicleta. pero hay gente que se sube. De aquello doy fe y testimonio. Aquí, en un simple post de un desconocido blog.

FALCONER

"Las plantas colgantes, pensó Farragut, eran las preferidas de los hombres verdaderamente solitarios: hombreS y mujeres que, atormentados por la lujuria, la ambición y la nostalgia, regaban sus plantas colgantes".

Falconer, John Cheever

9.1.07

Fotografía independiente Valparaíso II





Fotografías de Marcelo Tapia

Imágenes de lo que pasaba en la marcha porteña el día que murió Pinochet, o al menos de lo que Marcelo vio que pasaba.

www.marcelotapia.cl

26.12.06

basura en valparaíso

permitido tirar basura o sanidad mental aplicada a la GENTE

póngase en un escenario como éste: imagine que arroja sus puchos en la acera y que tira por la ventana el palito del helado que acaba de comprar a $100 en la micro y que acompaña el gesto con el lanzamiento del envoltorio del mismo cayendo justo sobre el mojón número 367 de Valparaíso. Visualice que, por si fuera poco, se queja usted de que Valparaíso es una ciudad sucia y que piensa que alguien debería hacer algo. imagine que alguien quiere hacer algo y usted, rodeado de basura hasta el cuello, piensa que son sólo promesas y que nadie le preguntó cual era la real solución al problema.

Entonces, en ese momento excelso de meditación, proyecte que la ciudad se llena de papeleros, de esos que hacen tanta falta y por cuya ausencia todo el mundo se queja.

También le podemos inventar un bello jingle y hacerlo pasar día y noche por la radio más popular de la aldea, comprar un espacio televisivo al más alto precio. En fin, aplicar una campaña en la que un hombre de voz gruesa y un coro de niños cantores le indiquen que deben cuidar su patrimonio.

Pero, unos minutos más tarde, imagine que el cántico se le hace insoportable y que si llegan a caer folletos explicativos del cielo lo más probable es que vengan con el mismo cuento.

Le aseguro que gastaría menos energía en creer que la solución técnica al problema viene y que la falta de confianza se logra con voluntad y no pensando que el problema de la basura es endémico y jamás se va a solucionar por tanto inepto dando vuelta.

mi dinámica desorbitada

mi dinámica desorbitada

así describo mi rumbo de hombre terco

los colores amontonados en mi retina

mi pulso por agruparlos

una impronta caballeresca, noble como mi parentela

la del espigado obrero de las imágenes

raro, dulce, macho reservado

amante de lo cotidiano y mesurado

militante de la ignorancia

buscador de tesoros burdos

(útiles tan solo para mí)

la felicidad en mis llagas

llenas de ua gota de sangre

y de amargura y dulzor

la mezcla vial perfecta

en la noche en que las flores juntaron sus aromas

en un putrefacto olor a seda

22.12.06

LA CHINOSKA (Entrevista realizada en 2002 publicada en The Clinic)

Clara Morales, La Chinosca

“EL QUE ME LA HACE, ME LA PAGA

Me llamo Clara Morales Oyarzún, pero me dicen Chinosca. Nací el 30 de octubre de 1957. Soy de signo Escorpión, del ‘decanato’ de los vengativos. Pueden pasar varios años, pero yo no olvido. El que me la hace, me la paga. A los 23 años me tiré a mi primer finado a balazos. Al segundo, le hice una Z en el estómago. Murió desangrado. Por eso estuve en cana. Y por eso también, me hice famosa. Llegué a la tele. Ahora soy un personaje público, pero cesante. Me han ofrecido ser asesino a sueldo. Sólo le pido a Dios que me ayude a no matar, aunque hay algunos que se lo merecen.

Por Alejandra Delgado

En el reportaje que te hicieron en televisión cuentan que tu defendías a las putas. ¿Todavía las proteges?

-Sí, porque yo nací de una de ellas.

¿Tu mamá era prostituta?

-Sí, lo hacía por nosotros. Yo estaba chica, tenía como doce años y más o menos me daba cuenta que mi mamá salía todas las noches. Yo le preguntaba a mi papá en qué trabajaba mi mami y él me decía que era garzona, pero cuando ella llegaba, ahí es cuando le sacaba la cresta.

¿Le pegaba por ser prostituta?

-No. Le pegaba porque era bueno para pegarle. Le pegaba siempre. No lo hacía ni de curado, sino de celoso. Es que mi mami era como la Marilyn Monroe. ¡Era linda!.

¿Y qué hacías tu cuando tu papá le pegaba?

-Tenía ganas de crecer rápido para poder defenderla porque me daba impotencia. Yo lloraba porque no podía hacer nada. Por eso, como a los 14 años me fui de la casa. ¡Estaba chata! porque más encima me ponían vestidos y esa hueá me caía mal.

¿Por qué?

-Porque me humillaba ser mujer. No quería que me pegaran. Eso de ver de tan chica las golpizas que mi papá le daba a mi mami, es una gueá que me cagó sicológicamente la mente. Así es que yo decía: ‘cuando sea grande, a mi nadie me va a pegar’. Me ponía los pantalones de mi hermano, pero mi taita me pegaba. Cuando estábamos haciendo las colas de la JAP, me sacaba los sostenes y me agarraban a charchazos. Es que yo odio tener pechugas. Por eso, todo lo que fuera prenda femenina, salía pa’ fuera. Y si me tiraban un piropo, yo me enojaba, me devolvía y les pegaba.

Y cuando dejaste tu casa ¿para dónde te fuiste?

-Me fui para la Alameda y me empecé a juntar con los pelusitas de la Plaza de Armas. ¡Me la jugué!. En esos años estaban demoliendo el Teatro Santiago y ahí yo cantaba.

¿Qué tipo de música cantabas?

-Flamenco. Es que por la voz, ¿cachai?…

Es bien ronca…

-Es bonita, ¿verdad?. Por eso me gustaría ir al programa del Camiroaga a cantar y que después me graben un CD.

¿Ganabas plata cantando en la calle?

-¡Si poh!, ganaba monedas.

¿Y en dónde dormías?

-Vivía con las “chiquillas”. Yo cantaba arriba del biombo de la Plaza, entonces, las niñas se allegaban a mirarme porque les gustaba como lo hacía. Yo las veía y ya me daba cuenta que eran prostitutas. Como ellas no tenían plata pa`l hotel y yo no quería quedarme durmiendo en la calle, les decía: ’vamos’. Ellas pagaban el hotel, pero con mi plata.

¿Las protegías porque te acordabas de cómo lo pasaba tu mamá o porque igual te atraían?

-No, ¡para nada!. Nunca me gustaron. ¡Jamás!. Yo las respeto mucho porque hay que saber echarle para trabajar en eso. Imagínate, soportar lo que soportan ellas. Estamos hablando de las putas de la calle, no las de ahora que están más encarpadas.

LA Z DEL “EL ZORRO”

¿Qué ha sido lo más terrible que has hecho para defender a una de ellas?

-Bueno… el último homicidio.

¿¡Te piteaste a alguien!?

-¡Sí poh!. Estábamos en la onda jarana en la casa de la Claudia, allá en Diagonal Cervantes con San Antonio. Ella era la cabrona. En ese tiempo, yo andaba de “mecha”, o sea, robaba en las tiendas y después les vendía a las “chiquillas” el impulse, la colonia… ¿cachai?. Era fin de semana y no me quería irme pa´la casa así es que pasé donde la Claudia a tomarme mis traguitos. Estaba métale whisky y me puse a bailar Lambada con una niña. Lamentablemente, era la señora del cafiche. El loco se puso celoso y yo no quise bailar más con ella, porque no quería tener problemas. Siempre evitando el peligro.

¿Pero si tú ya estabas fogueada?, ¿o no?

-Es que siempre ando evitando el peligro porque yo me conozco mi violencia.

¿Eres muy ruda?

-Sí. Eso sí tiene que ser mucho. Y esa vez ¡fue mucho!. Cachai que el loco empezó a decirme toda la noche: ‘te las voy a dar, te las voy a dar’. Entonces, ¡puta!, que te estén hueveando tanto, ¡no pasa ná poh!. Hasta que le dije: ‘Ya, ¿sabís que más?: ¡Yo también peleo!’.

¿Y?…

-El loco estaba con otro loco y me dijo: ‘si le vai a pegar a mi amigo, me tenís que pegar a mí también’. ¡No sabía na’ que a mí ya se me había despertado el diablo!. De ahí me agarraron los dos a patadas y me rajaron la camisa y como no uso sostén, se me vieron los senos. Sentí vergüenza. Estaba endiablada total porque eran como las diez de la mañana y estaban abriendo los locales. Había caleta de gente mirando. ¡Me sentí humillada!. Cuando los locos vieron lo que habían hecho conmigo, se metieron a la casa de la Claudia y yo me metí pa´dentro también, detrasito de ellos. Pesqué un cuchillo y les dije: ‘ya conchadetumadre’ y le hice una Z en el estómago, como la Z de ‘El Zorro’.

¿Lo mataste?

-No, el huevón quedó ahí tirado. Mi intención no era matarlo, pero resulta que en el carrete participaron unos pacos de la Primera Comisaría. La negligencia fue de ellos que estando al lado del retén, no avisaron y dejaron al hombre desangrarse. Si incluso le quitaron unas joyas al finado para hacer que pareciera un homicidio. Yo me pregunto: ¿de quién es más delito?: ¡de ellos, poh que lo dejaron morir!. Después, los mismos pacos que habían estado en el carrete fueron a buscarme a mi casa porque, según ellos, querían conversar a la güena conmigo, pero ¿vos creís que yo estaba ahí?. ¡Ni cagando!.

En ese momento. ¿Te fuiste presa?

-¡Para nada!. Yo tenía una pareja y le dije lo que había acontecido. Ella no me creyó. Cuando vio el diario al otro día, le confirmé que el hombre había muerto y que no hallaba que hacer. Es que yo ya había matado a alguien antes.

Según leí, fue a un hombre que le había pegado a tu hermano, ¿cierto?

-No, ¡eso es falso!. La tele la cagó para echar mentiras. Yo a mi hermano lo protejo porque es más chico, pero de que él pelea, ¡pelea!. El se defiende sólo.

Entonces ¿porqué mataste en esa oportunidad?

-A mí me pegaron un puntazo aquí ¿cachai?

La Chinosca muestra una de varias cicatrices. Le pregunto por la más grande que le atraviesa todo el estómago, si acaso se trata de una cesárea. Pero ella no tiene hijos, por lo que me contesta: “Es que ahí nos fuimos para otro finado”…

-Bueno, resulta que habían como cuatro locos que le habían pegado a mi hermano, entonces yo fui a pelear. Entonces, como yo me había tomado unas anfetas y una botella de pisco, me puse a luchar con uno de ellos. Ahí se me tiraron los cuatro y el compadre me pegó un puntazo que me jodió el páncreas y el hígado. Casi me morí, pero me arranqué de la tumba. Cuando salí del hospital, este compadre se paraba en una esquina y empezaba: ¡ja, ja, ja, ja!. Yo andaba con puntos y lo único que podía hacer era mirarlo. ¡Quería puro mejorarme!. Ahí yo pensé: ‘a este huevón lo voy a despachar’. Pa’ un año nuevo, lo pillé en restaurante y le mandé dos balazos. Ahí quedó.

¿Te cayó la policía encima?

-No, a mí la policía nunca me ha atrapado. Las dos veces que estuve presa, al menos por homicidio, primero 5 años y 1 día, después 18 meses, fue porque yo me he entregado.

Dicen que el asesino siempre se defiende

-¡Obvio!. Si el muerto no habla.

Chinosca, dime la firme, ¿Cuántos finados llevas en el cuerpo?

-Dos no más.

¿En serio?

-¡La dura!. En todo caso, de repente le pido a Dios que me ayude para no volver a matar. Pero a veces, hay personas que se lo merecen. Tengo a varios en la lista. Lo que pasa es que, de repente, cuando estoy tranquila, voy caminado y no falta el que me dice: ‘¿qué pasa con vos?’. ¡Te provocan!.

¿Porqué crees que te tienen mala?

-¡Porque los huevones son huevones!. Digamos que no les agrada verme en la calle, ¿cachai?. En mi comuna, La Pintana, hay cabros que caminan como choros, hablan como choros, se visten como choros, pero ¡no son choros!. Porque aunque seai del barrio, si a ti te ven pasar y te pueden cagar, ¡te van a cagar!. ¿Porqué tienen que ser así me pregunto?. Yo, en cambio, me considero una de las buenas, aunque ahora ya no ejerza por que ya tengo mi edad y no quiero más cana… Pero ponte tú, yo te tomo una micro, te llego al centro y puta… sacarle género al Falabella o al Almacenes París, ¡es como sacarle un pelo a un gato!. Pero esperar a mi vecino en la esquina, que viene recién pagado para cogotearlo, dime tú ¿es de choro?.

No

-¡No poh!, es de maricones. Por eso hay como una rivalidad. Por ahí me dicen: ‘¡guarda, que viene Superman!’. Y los vecinos se alegran de tener alguien que los salve.

O sea que te temen, pero también te admiran?

-Exacto. Cachai que todos estos tajos que tengo aquí (apunta su cara), es porque me han pegado entre ocho, diez, mínimo han sido cinco. No importa, me pegan, pero después me cobro de a uno por uno.

¿Y te han pegado mujeres?

-No, puros hombres.

¿Les tienes bronca a los hombres?

No, por que tengo buenos amigos en La Legua, La Victoria, La Caro… Gente buena, que viaja para Europa. Si yo nunca quise atacar con un pasaje, es porque siempre el ego de la gente chora ha sido viajar con la plata de uno. Pero a mí me han invitado.

“ME GUSTARÍA LLAMARME JUAN GABRIEL”

¿Te gusta llamarte Clara?

-¡Nooo!.

Es un bonito nombre

-¡Qué va ser bonito!. ¡Lo odio, lo odio!. Es el nombre de mi abuela Clara, la finada. Y mi segundo nombre es De Las nieves, puta, ¿faltó que me metieran a monja!. Si pudiera cambiármelo, lo haría.

¿Y qué nombre te pondrías?

-Juan Gabriel, Ahhh!

¿Porqué te dicen Chinosca?

-Por mi abuelo que le decían Fumanchú. Y además, dicen que cuando me río, me achino.

¿Con quién vives?

-Con una amigüita que tiene 17 años. Se llama Paola. La rescaté de un cafiche. El loco más encima era su marido y la mandaba a robar. Estoy bien con ella, pero me hace rabiar. Es que como no es adulta, a veces no me entiende que tiene que comportarse como una dueña de casa. Que me tiene que lavar la ropa. No le pido que me cocine, porque no sabe, ¡pero que atine!. Es floja, pero igual la quiero. Capaz que con el tiempo…

¿Tu crees que se va a ir?

-Si es una paloma, ¡que vuele entonces!. Y si vuelve, es porque me quiere. Y si no, es porque nunca me quiso.

Parece que has pololeado hartas veces…

-Schhh… ¡He tenido más mujeres que Julio Iglesias!.

¿Has tenido parejas hombres?

-No. Por que el solo hecho de ver como le pegaban a mi mami, me hizo pensar que yo iba a aguantar que un huevón me pegara. Y a estas alturas, yo ya soy así y no puedo cambiarme.

¿Y nunca alguna polola te pegó?

¡-Ah sí!, una me pegó un puntazo en el pecho y me mandó a la UCI. Además me mordió. Era carnívora la loca.

O sea que igual te hizo lo que tu no querías…

-¡Pero es que era una mujer celosa!.

¿Te portaste mal con ella?

-No. Es que como soy comunicativa y me gusta conversar, de repente se pasan rollos. Piensan que una se anda haciendo el turrón de amor y nada que ver. Uno anda conversando y ahí te hacen el atado.

¿Nunca más la viste?

-Sí. Lo que pasa es que esta loca era casada. Tenía a su marido en Colina y me la agarré por tres años más o menos. Era mi comadre, La invité a quedarse porque ella tenía problemas en su casa. Dormíamos en la misma cama y ella se me tiró. Y tú sabís que la carne es débil. Además, estaba con las tareas atrasadas.

¿Estuvieron enamoradas?

-No sé si habrá sido amor o estaba esperando que saliera el marido, porque apenas salió de la cana, se fue con él.

Y tú que te vengas de todo el que te la hace, ¿no la buscaste para matarla?

-No. Por que ella tiene familia y yo no. Es obvio que si yo me ‘envenaba’, la loca me iba a echarme a toda su gente.

¿La Chinosca tuvo miedo?

-No, ¡para nada!. Pero, le deseo todo lo mejor.

¿Quién ha sido tu gran amor?

-Mi mamá. Después de la madre, nadie te quiere más. En todo problema, ella estaba conmigo. Mientras que la pareja no. Te ayudan en el momento que estai bien, pero en el momento que hay drama, ¡ahí te dejan tirada!. Las minas son mentirosas porque te aman por la temporada. Yo creo que soy como un pasatiempo para ellas porque cuando se separan de mí, ellas siguen siendo mujeres y se buscan un marido.

Te han abandonado

-Hartas veces. Pero no me afecta porque yo pienso: ‘ya sé donde hay más’

¿A dónde?

-Por ahí, por ahí. En todo caso, yo nunca me les he tirado, porque puedo pasar un chasco. Espero que ellas se me tiren.

Pero, ¿tu técnica tendrás?

-Es que en la mirada tu ves si les gustai. Yo a ti, por ser, te estoy mirando sano y tú también a mí. Pero si me mirai con los ojos del amor, yo también te voy a mirar con los ojos del amor.

SI PUDIERA, ¡ME MATARÍA!

¿Qué haces durante el día?

-Cuando hay feria, de repente ayudo…De repente mis vecinos me salvan con un plato de comida…

Se le quiebra la voz y llorando continúa

-A veces… me dan ganas de irme de esta vida.

¡Porqué!

-Es que no me dan ganas de seguir viviendo.. Es que no quiero ser así como era antes. No quiero vivir a la sombra, porque es como estar muerto en vida. Estai sola, con frío, con ganas de nada.

Pero ahora estás libre…

-¡Pero sin pega!.

¿Y qué te gustaría hacer?

-A veces, llegan locos que me dicen: ‘¿sabís que?: te tengo una pega. Quiero que le pegís un balazo a alguien y te doy tanto’. Algo así como un asesino a sueldo. Yo los escucho no más y le pido a Dios que me ayude y que los ayude a ellos por que no pueden pensar así.

¿Nunca has pensado en hacerlo?

-Igual la pienso, ¡pero no lo hago!… Prefiero seguir como estoy, cagándome de hambre, de frío, pero no hacerlo. Es que si fuera por plata, ¡a cuanta gente ya la habrían eliminado!. Lo que yo hice, lo hice en defensa propia, ¡no por plata!.

19.12.06

Antonio Gamoneda, poeta

Va a amanecer. Hay noche aún sobre tus llagas.

Ya vienen los cuchillos del día.

No te desnudes en la luz, cierra los ojos.

Quédate en tu cama sangrienta.

Delon Delon




Sur ton visage une larme
Vient de couler en silence
A l'instant où je t'ai dit tristement :
"Je m'en vais demain..."
Sur ton visage une larme
Et soudain je réalise
Que je ne pourrais demain te quitter
Ni demain ni jamais
Je n'osais plus croire
Que ce jour viendrait
Tout près de moi
Tu étais si loin
Mais tes pleurs ont changé ma vie
Une larme, une seule a suffi
Sur ton visage une larme
J'ai compris sans plus attendre
Que ton cœur brûlait autant que le mien
Depuis déjà bien longtemps

Je n'osais plus croire
Que ce jour viendrait
Tout près de moi
Tu étais si loin
Mais tes pleurs ont changé ma vie
Une larme, une seule a suffi
Sur ton visage une larme
Aussi douce qu'un je t'aime
S'est fané pour laisser place à l'instant
Au sourire de l'amour
De l'amour...
De notre amour...

15.12.06

mi amado alcohol

de blanco y de negro el puerto


valparaíso ensoñado



FOTOGRAFIA INDEPENDIENTE /VALPARAISO











"Hace diez años que vivo en Chile. Crecí en Francia junto a mi familia, que tuvo que exiliarse. Mi Chile era el que me contaban mis adultos. Las sesiones de diapositivas, las canciones de sobremesa. En 1996 decidí apropiarme de mi país y para eso emprendí un viaje en barco: Anvers, Canal de la Mancha, Bilbao, el Atlántico, Puerto Príncipe, Puerto Cabello, Puerto Cristóbal, Canal de Panamá, el Pacifico, Guayaquil, Puerto Callao, Valparaíso. Durante esos 45 días de viaje no estaba en Chile ni en Francia. Cuando llegué, revelé decenas de películas. Hice contactos, copias de lectura. Pero no pude contar nada. Quería mostrar mucho; El barco, los puertos, los encuentros. Hoy, 10 años después, viviendo en Valparaíso, retomo los contactos... Y ya sé por qué hice ese viaje. Ahora me es más fácil elegir las fotografías. Seleccioné unas 20. Son las que cuentan mi viaje sin nacionalidad".

RODRIGO GOMEZ ROVIRA

10.12.06

ADIOS GENERAL


Cuando era niña vivía en un barrio tranquilo. Una cooperativa de 50 casas entregadas en 1970 bajo el gobierno de Salvador Allende en una comuna que más tarde se convertiría en una de las más populosas de Santiago. Hasta entonces La Florida no eran más que grandes extensiones de terreno con haciendas patronales en donde todavía era posible ver huasos montando a caballo y largas alamedas, el inmenso macizo andino tan cerca de todo. La gracia de un lugar así, escenario de la nueva clase media chilena, fue que pudo resguarase de todo, de las lluvias, de los cuatreros, de las noticias sobre cuerpos que aparecían bajo el peso d ela noche. Pinochet era el terror, pero nosotros, los niños de aquel barrio sólo sabíamos jugar y reir. Claro que yo de intrusa me enteré de mucha mierda que daba vueltas a nuestro alrededor. Como mi padre era suplementero, después de cada jornada laboral traía a casa la devolución de diarios y revistas de la época. Así me encontré con la prensa de oposición y las macabras historias de la dictadura del viejo que acaba de morir. Fue malo. Bien malo ¿Quien puede dudarlo?. Cuando nací en 1974, él, ya era tema. Hoy Tengo 32 y salgo a la calles con mis hijos a celebrar porque se acabó la dictadura. Sólo hoy terminó. Salud!

9.12.06

ITINERARIO DE RODAJE

Hace unos días recorrí ciudades rurales con seis argentinos. Balbuceaban imágenes muertas: el rito de un general argentino y sus seguidores por la cadena montañosa del cono sur. Todos lo sabíamos: San Martín era un héroe muerto. Enterrado hace tantos años. Cada rastro hablaba de él como si estuviera aún entre nosotros. Sin embargo, sospecho que coincidíamos en respirar algo más que historia republicana.

25.11.06

VARVAZAR

quiero publicar foto y texto, una especie de bloque editorial con la impronta de quien ha llegado de la nada al mundo visual. una suerte de mandarín piadoso del arte, algo relacionado con los bazares de baltazar, ese que vendía y poco cobraba porque el valor de sus bellezas le rendían más honores que el oro. la prestancia de mi oficio, no es más que la entrega de un manual amable, de la guía para compartir imágenes. Búsquedas de trazos vigorosos como osos después de la gran panzada en el parque de las colinas redondas. en el plenario de mis ideas abro este salón de encantos y aroma a jazmín, el baúl que encontré en la fragata de las luminosas naves que atracan en el puerto. limusinas sin más lunes que sus obsequios brillantes sobre el mar. entonces instalo aquí la bóveda del milagro, de tener tantos ojos abietos, inundados por el viento de la ciudad de los vientos.
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