9.9.09

9 del 9 del 9 / 1 chat










Manuel:¿cómo estás?

Insensata: bien, lindo sol en Valparaíso. Escuchando el nuevo disco de mi ídolo, coterráneo tuyo, ya sabes

Manuel: Aznar, ¿cierto?

Insensata: NO, ESE ME GUSTA, PERO NO LO AMO

Manuel: ¿?

Insensata:
C
E
R
A
T
I

Manuel: Ah, el carolo...

Insensata: PORK LE DICEN CAROLO?

Manuel: porque es un carolito de barrio norte, ultra cheto

Insensata: CHETO!!!!!, RICO IGUAL

Manuel: no te enojes, pero me da asquito Cerati

Insensata: ES UN EXQUISITO

Manuel: ¿Sí? no sé qué tanto

insensata: Es envidia

Manuel: Ale, al dura... es bien feito, que esté ultra producido es una cosa

Insensata: RICO

Manuel:
Te entiendo, pero es fulerón

Insensata: ¿ES CIERTO QUE SE OPERÓ DEL PELO?, no sé, igual me gusta desde los 14 años

Manuel: o sea que te lo curtirías sin dudarlo, pero no entiendo, charly alberti es más lindo todo porque es baterista, a nadie le gusta.

Insensata: Me lo tiro sin pensarlo, sin asco, cierro los ojitos y ya... y que me toque la guitarra

Manuel: pero mirá que luego tendrás que pintarle las uñas y delinearle los ojos y luego se empezarán a pelear por el rimel y la remerita rosa que dice "Sex Rocker"...

Insensata: Nooooooooooo

Manuel: ¡Pero es la verdad! y si caes en sus engaños burgueses, vas a terminar de costurera en sus talleres de su nueva marca de ropa se te van a achinar los ojos, y sólo vas a querer comer arroz

ruidos molestos

La calle Templeman en el Cerro Alegre de Valparaío empieza en la Plazuela San Luis y termina en el Café Turri. En una cuadra, la calle es peatonal. Justo ahí vivo yo. Y justo ahí hay una retroexcavadora gigaaaaaante en estos mismos instantes que mete mucha buuuuullllllaaaaa!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

8.9.09

martes

(sergio larraín, 1963, valparaíso, Magnum m.r.)

el mar infinito desde una piscina marina
los hippistócratas del barrio llevando a sus nenes a jardines antroposóficos
un hombre herido escondido en la cabaña del bosque
un inquilino durmiendo la mona de un bourbon casero
dulces nenes de mi vida jugando a crecer
y este sol radiante de septiembre
y esas cuecas que comenzarán a sonar tan pronto
y ese brillo que se me sube de a poco a la carita
y esa fuerza natural que suena en mis oídos
salud por esta vida que nos toca!

6.9.09

recuerdo

(vale mackay retratada por mamá con una cannon ae1 hace tantísimos años. endiciochada la cabra)

házte ver

bonita indie bar








medium


(finalmente todo se logra si uno lo desea con el corazón)

Amor rabioso (o el cáncer que no se sabe cómo llega)

En Valparaíso ha muerto el pintor Patricio González. Lo supe ayer por otro pintor. Aunque no lo conocía me alegraba saber que andaba recuperado de un cáncer al pulmón que lo afectaba hace un tiempo ya. Oí muchas veces decir que subía y bajaba el cerro sin dificultades y que tras las quimoterapias que le practicaron en febrero su pelo había vuelto a crecer fuerte. Pero hace unos días un color amarillo se instalaba en sus mejillas como signo ingrato de que el cáncer seguía ahí. Latente. Lapidario. La lluvia acompaña ahorita mismo a quienes se han ido a despedir de él. Desde aquí escucho las campanas domingueras y no dejo de pensar en esta enfermedad ingrata. Una expansión indómita de células de amor rabioso o de rabia sin amor. De las penas guardadas por siglos navegando por torrentes internos mientras caminamos sin pensar en eso. Amé a un hombre con toda mi alma. Y hoy esas células dispersas y arrebatadas pululan en su interior como sombras siniestras. Y entonces nada pudo ser. Porque el arrebol de tristezas era tan profundo. Y tan expansivo. Y ese peso específico instalado en nuestros corazones. Y ese presente que tenía tanto olor a pasado. Un presente sin futuro. Un presente resignado a la pérdida de lo que desbordaba tus dedos. Y en el centro del magma, siempre esa rabia lacerante. Rabia. Rabia. Rabia. Amor y rabia. Una casa amarilla queda en nuestro imaginario común. La loca idea de ser felices por siempre jamás. También la ferocidad del cáncer y la violencia del corazón. La destemplanza. El orgullo. La dispersión. (No alimentes tu personaje atacado por el mundo, por todos aquellos seres que no te comprenden, que te ofenden y tú sin saber porqué).
Esta mañana de domingo llueve adentro. Llueve agua y fuego. Llueve pena. Llueve vergüenza por los golpes asestados.

2.9.09

Los Testigos De Jaimito


Salía en la mañana de mi casa bastante dormido cuando me topé con dos mujeres. Me preguntaron si tenía un minuto puesto que necesitaban hacerme una pregunta, y yo, tan despistado, les dije que sí, que no había ningún problema. Pero lo había: Esas locas resultaron ser evangelistas.

¿Hace cuánto tiempo que no me molestan? Puedo afirmar, con sinceridad, que más de diez años. Particularmente desde que me revelaron el secreto para espantarlos.


Mi compañero en la escuela primaria se llamaba Fabián Escudero. Era alto, delgado, rubio y de ojos azules. Llevaba el pelo siempre engominado, por lo que parecía esos niños de los años 40’; y de todos nosotros, era la pulcritud en persona. Hablaba poco y era un niño correcto, por lo que era presa de nuestras burlas y de nuestros deseos de golpearle. Pero eso no tenía nada que ver a la hora de las piñas en el recreo: Yo fui el primero de los cinco en caer al suelo con el labio roto cuando creíamos que podríamos humillarlo. Sí, Fabián Escudero era calladito, modosito, pero ningún boludo. Cosa rara para un niño evangelista.


Mis padres salían todos los sábados por la mañana. Iban al centro de la ciudad a comprar verduras, pescado y frutas a la feria trashumante, por lo que me quedaba solo en casa. Antes de salir mi madre me decía: “Ojo con el gas; siempre cerrá la llave de paso. No pongas música muy fuerte. Y no le abras a nadie, aunque te digan que nosotros lo mandamos”. Mi padre, por su parte, me reprendía diciéndome que no prendiera las luces: “Usá la luz del sol”. Jamás pude comprender a qué se referían. Casi nunca prendía las hornallas para calentar siquiera el agua para el mate, no oía música porque me gustaba ver televisión y no prendía las luces por considerarlo un acto estúpido. Además, dormía casi toda la mañana hasta que ellos volvían.


Por la cuadra de mi casa pasaban miles de vendedores ambulantes vendiendo antenas para televisores, tendederos para colgar la ropa, espejos, azafrán y hasta libros usados. A todos les decía lo mismo. “No, no. Gracias”. Y volvía a mi cama o al sofá. De quienes no podía librarme con tanta facilidad era de los vendedores de la palabra de Dios.


Los padres de Fabián eran, de entre los hermanos, de los más entusiastas y lideraban un grupo de ocho o diez personas encargadas de peregrinar justamente en mi barrio. Su madre se llamaba Sofía. Era una mujer altísima de cabello lacio y rubio y sus ojos eran de color celeste. De joven habrá sido, seguramente, una bellísima mujer.


Sofía llegaba a media mañana con un grupo de mujeres a la puerta de mi casa y tocaba el timbre o golpeaba las manos hasta que le contestaran. Jamás pude hacerme el distraído, por lo que solía hablarles desde la ventana. “Mis papás no están ahora”, les gritaba. Pero no las amedrentaba en lo absoluto. Les daba una pena enorme no encontrar a mis padres en ese momento pero me pedían que me acercara a la puerta de calle para, cuanto menos, oír lo que ellas tenían para decirme y, así, yo se lo diría a mis padres a su regreso.

Por supuesto yo era un niño de unos seis o siete años al que le costaba poco y nada confiar en cualquier persona del mundo –aun cuando me hayan aleccionado para desconfiar de todos-, pero tampoco era tan tonto. ¡Los Testículos de Jehová, como solíamos llamarles con mis amigos, querían tenderme una trampa! Les insistía en que no podía abrirle la puerta a nadie y menos aún acercarme a la reja. Ahí era cuando aparecía Sofía. Me saludaba y me decía que era la mamá de Fabián. Con eso bastaba. Ella sabía que no podía negarme a saludar a la madre de mi compañero de escuela. Entonces debía salir y comerme una perorata divina de cuanto menos veinticinco minutos. Y de todo cuanto Sofía me decía, apenas si me quedaba alguna que otra frase suelta en mi memoria, más las mil doscientas veces que utilizaba la oración “Dios, nuestro Señor”.


Así viví al menos hasta los doce o trece años de edad. Siempre sucedía lo mismo. Las mismas mujeres, el mismo intento por mi parte de negarme a salir y, por supuesto, el mismo chantaje de Sofía, aun sabiendo que Fabián había cambiado de escuela hacía ya cuatro años y lo veía muy de vez en vez en el almacén de Doña Enriqueta cuando me mandaban a comprar.


Cierto día me reencontré con Fabián Escudero en la fiesta de un amigo que teníamos en común. Lo vi cambiado: Ya no llevaba el pelo engominado sino un corte muy moderno. Vestía pulcramente, es cierto, pero se notaba que le importaba la estética y le gustaba cualquier prenda que no fuera el consabido traje de vestir de color gris, camisa banca y corbata negra.

Recuerdo que me impactó verlo fumar cigarrillos y, peor para mi asombro, beber cerveza como el que más. Me acerqué, nos saludamos y nos pusimos a conversar. Yo le preguntaba, o medio le reprendía, si sus padres estaban al tanto de que fumaba y bebía. Fabián se me rió en la cara como si le hubiese contado un excelente chiste o una vieja infidencia. Me quedé atónito e inquieto, sin saber qué decirle. Y aunque ya éramos bastante grandecitos, el recuerdo de la golpiza me desanimó para embocarlo en la napia.


Mi viejo compañerito de escuela fue a buscar unas cervezas, se sentó nuevamente a mi lado, me dio una botella, me abrazó y me preguntó si yo verdaderamente creía que él podía profesar las mismas pavadas en las que creían sus padres. Nuevamente me quedé sin respuesta.

Entonces Fabián fue explicándome el hecho de que sus padres se hayan convertido al evangelismo, y aún cuando a él mismo lo hayan bautizado bajo esa misma fe, no significaba que él fuese evangelista por defecto. Fabián tenía muy en claro desde pequeño, según me contaba, que quería ser cualquier cosa antes que un predicador o, simplemente, un imbécil más teniendo que dejar de vivir y ser feliz para tener que peregrinar calles y calles en busca de adeptos. Y lo que más le gustaba a Fabián Escudero, además de los cigarrillos, los amigos, el escabio y las chicas, era, en definitiva, el dinero.


Me confesó que los evangelistas mueven toneladas de dinero y que, las más de las veces, aparentan no tenerlo cuando, en realidad, lo tienen y en cantidades para derrochar. Pero el problema, o lo que a él no le gustaba, era que no le sacaban ningún provecho. Y Fabián quería guita: Plata para comprarse lo que quisiese, para viajar a donde desee y hasta para malgastarla en estupideces que le dieran un mayor estatus –o, simplemente, placer-.


Conversamos y nos reímos durante toda la noche y nos sentimos, al menos yo lo sentí así, como si hubiésemos sido de los mejores amigos en la infancia. Creo que así sucedió porque él se complacía que alguien del pasado descubriera su más íntima verdad, puesto que jamás dejó de ir con sus padres a la iglesia ni de salir a evangelizar con su padre por otros barrios hasta que fue mayor y se fue de la casa y del país. Y por mi parte lo sentí cercano porque pudo confirmar mi idea de que ser evangelista puede ser una tortura viviente y, también, porque lo vi como un descarriado de la senda del Señor. No, mejor aún, como el mismísimo Lucifer: Inteligente, sagaz, dramático, complaciente y con deseos muy precisos y claros.


Luego de la fiesta viajábamos en el colectivo recordando pendejadas de escuela, de la frígida de la directora que nos castigaba hasta por respirar y de mil cosas más. Sin embargo, algo me quedaba picando en la cabeza. Le pregunté, entonces, por qué él siendo hijo de padres evangelistas y perteneciendo a los Testigos de Jaimito –como se les conocía despectivamente por la gente del barrio-, y sin faltar a las costumbres familiares y religiosas de los suyos, haciendo finalmente lo que realmente quería, por qué no se copaba y le pedía a su madre, a Sofía, que me dejara en paz y que entendiera que ni yo ni ninguno en mi familia estaba interesado en lo absoluto en convertirse al evangelismo.


Antes de bajarse del colectivo me preguntó si realmente quería deshacerme de ellos y de sus continuas visitas de sábado por la mañana. Le contesté que sí, que era una de las cosas que más deseaba en la vida. Fabián se rió y me dijo: “La próxima vez que vayan a tu casa salí hasta la puerta con una gran sonrisa, pero lleváte encima la imagen de la Virgen María”.

http://www.milbirrines.blogspot.com/


26.8.09

astronauta


como salido de la nasa
el hombre reparte volantes en la subida cumming
cuando se embala
lanza poesía espacial

21.8.09

a propósito del aborto

Corriendo en busca de quietud

"4 meses, 3 semanas y 2 días" del rumano Cristian Mungiu fue la ganadora del Gran Premio Fipresci 2007 a la mejor película del año tras votación abierta a todos los miembros de la federación de críticos(*). Mungiu recibió el galardón en la ceremonia de apertura del Festival de San Sebastián que se celebró entre el 20 y 29 de septiembre. El siguiente texto es una adaptación de su original en inglés donde se explica los méritos que convirtieron a esta cinta rumana en la favorita de la crítica especializada.


Por Pamela Biénzobas Saffie (*)

Las agujas del reloj suenan... tic-tac, tic-tac. Uno de los primeros elementos de la banda sonora de la película de Cristian Mungiu 4 meses, 3 semanas y 2 días (4 luni, 3 saptamini si 2 zile) inmediatamente fija el tono de los 113 minutos que siguen: la urgencia. Aun cuando la cámara aparentemente se queda quieta, aun cuando los personajes permanecen en su lugar, no hay cabida para la quietud en este film extremadamente tenso. El paso del tiempo se convierte en un movimiento permanente en sí mismo. Un movimiento amenazador. El desplazamiento de la cámara o de los personajes a través del espacio pareciera ser el único modo de responder a esa tensión. El notable segundo largometraje de Mungiu es una película ingrata. La atmósfera está lograda con tal perfección que compartimos físicamente la impaciencia, el temor, la inquietud, la desesperación y la sofocación bajo el opresivo sistema en la Rumania de 1987. Sabemos el año exacto simplemente por un texto al comienzo: Rumania 1987, que es la única información que se nos da antes de entrar abruptamente en los hechos. Luego no hay explicaciones ni descripciones didácticas de la situación. El "tic-tac" inicial es el comienzo de una carrera que parece tener una meta precisa, pero que está tan llena de pequeños (y grandes) obstáculos, que lo único que se puede ver es el asunto más urgente que hay que resolver. La mayor parte de la acción de la película puede resumirse en una sucesión de arreglos. Aunque el punto central es el aborto clandestino que quiere hacerse Gabita (Laura Vasiliu), la historia podría contarse a través de los movimientos y acciones que su compañera Otilia realiza para resolver problemas concretos. Porque todo en la película se trata de resolver, y fundamentalmente de la necesidad material: se trata de tener, se trata de marcas, de acceder a objetos de los que todo pareciera depender (por lo general productos farmacéuticos o de perfumería, en un signo de la vulnerabilidad del cuerpo). La puesta en escena, las actuaciones, los diálogos, los gestos, todo está compuesto bajo el signo de la precariedad. La historia está puntuada de transacciones y negociaciones, porque lo que está contando es el intento de esquivar la opresión del sistema. La cuestión es siempre asegurar una complicidad incierta dentro de una configuración social basada enteramente en una lucha de poder. Esto requiere habilidad, riesgo, recursos. Requiere mentir con talento. Requiere movimiento. Otilia (Anamaria Marinca, alabada unánimemente por su espectacular actuación) representa el control, la necesidad de enfrentar y resolver los problemas del modo más eficiente. Ella encarna el movimiento permanente; la imposibilidad de detenerse. Los únicos momentos en que sí se detiene, cuando pareciera tomarse el tiempo de reflexionar y discutir, están llenos de arrepentimiento y reproches (su conversación con Gabita en el cuarto de hotel, o con su novio en la habitación). Gabita representa la reacción contraria frente a esta realidad: está paralizada, incapaz de hacer cualquier cosa por su cuenta. Está desamparada y abatida, vencida por el sistema antes de dar la pelea. No hace lo que debe y hace todo lo que no debe. También miente para tratar de sobrevivir, pero no sabe cómo hacerlo. Al igual que con la temática central, ni siquiera hay tiempo para cuestionar la moralidad de sus mentiras: son reprochables porque son poco prácticas, ineficientes, y en última instancia peligrosas. Gabita es pasiva, casi inmóvil. A diferencia de Otilia, aun cuando sí cambia de sitio, por lo general la vemos cuando ya está ahí. Sus movimientos parecen ser un simple medio para cambiar de sitio cuando es estrictamente necesario. Los movimientos de Otilia parecen ser un fin en sí mismos, un asunto de supervivencia. Un recurso desesperado para evitar que la tensión explote. Los pocos planos fijos de la película por lo general son bastante apretados (como el de Otilia y el Sr. Bebe en el auto de éste), y contienen una tensión más aguda que nunca, con el habla como una suerte de sustituto para la descompresión física. Dos de ellos son ejemplares en su composición y su manejo de la tensión. En la habitación del hotel, una vez que Gabita ya está acostada inmóvil en la cama, hay una toma aproximadamente de su punto de vista, en la que podemos ver sus rodillas quietas y flexionadas, y el muro en frente. En ese espacio, Otilia y el Sr. Bebe primero rellenan y luego abandonan el cuadro, con gestos precisos y apurados. En cierto modo, la tensión se evacua hacia el espacio en off. Al contrario, otro momento notable se hace magnéticamente insoportable debido a la manera de contener toda la tensión al interior, creando una presión agresivamente centrípeta. Por una vez, Otilia está virtualmente paralizada, desesperada en su incapacidad de mantener las cosas bajo control; está fuera de contexto. Sentada justo frente a nosotros, se encuentra prisionera entre los otros invitados y sus movimientos constantes y triviales. Cuando suena el teléfono, el sonido que viene de fuera de cuadro no recibe ninguna respuesta desde el interior. El nexo entre el dentro y fuera de cuadro está amenazadoramente cortado. A lo largo de la película, este nexo es fundamental. El movimiento de la cámara siempre está desplazando el dentro/fuera, en cierta forma abriendo el espacio, pero también escondiendo. Por eso el polémico movimiento "revelador" hacia el final no es tan perturbador por lo que muestra, sino por la decisión moral y sobre todo estética de exponer lo que está más naturalmente fuera de campo. 4 meses, 3 semanas y 2 días es una película cruel, agresiva, despiadada. Principalmente por su urgencia, no se permite el lujo de la moralidad. Es amoral. Simplemente muestra, transmite, expone. Los problemas son demasiado apremiantes como para detenerse a pensar en sus otras implicaciones. Aunque la película no necesita ser considerada en contexto para ser comprendida y valorada, indudablemente su éxito también funciona como un reconocimiento a la serie de películas de jóvenes rumanos que ha impresionado al público internacional –siendo revelados sobre todo por las secciones oficiales y paralelas de Cannes como Un Certain Regard (UCR)- en lo que ya no puede considerarse sólo como una tendencia festivalera. Sin embargo, el filme de Mungiu es mucho más desesperado y sombrío que los otros. Su humor negro es tan sutil que es casi imperceptible, y ni siquiera recurre a la ironía amable de un tratamiento paternalista (como en Bucarest 12:08 de Corneliu Porumboiu, ganadora de la cámara de oro de Cannes). Si hay alguna relación con la urgencia y la tensa concentración de La muerte del Sr. Lazarezcu (Moartea domnului Lazarescu de Cristi Puiu, ganador de UCR 2005) o la cruda y oscura concepción de la naturaleza humana del ganador póstumo del UCR Cristian Nemescu con California Dreamin' (Nesfarsit), su retrato de los últimos días del régimen de Ceaucescu es mucho menos descriptivo o narrativo que The paper will be blue (Hîrtia va fi albastrã, de Radu Muntean) o The way I spent the end of the world (Cum mi-am petrecut sfarsitul lumii, de Catalin Mitulescu, ganador del premio a la mejor actriz de UCR 2006). Mungiu respeta al espectador lo suficiente como para ahorrarse las típicas explicaciones paternalistas, pero no es considerado: ver la película significa entregarse a ella, seguir su paso, porque no se detiene para permitirnos respirar o recapitular. En cierta forma, puede considerarse arrogante: 4 meses, 3 semanas y 2 días es tan autónoma que ni siquiera pareciera necesitar al espectador. No hay tiempo de pensar en él, de hacerlo pasar cordialmente. Se nos invita a unirnos a la carrera, pero depende de nosotros seguir el paso. Las agujas del reloj suenan... tic-tac, tic-tac.

(*) Fuente: Revista Mabuse


17.8.09

murakami

"Cuando uno se acostumbra a no conseguir nunca lo que desea,
¿Sabes que pasa?
Que acaba por no saber incluso lo que quiere".


(murakami en "tokio blues")

intervenciones

pareciera como si internet estuviera siendo intervenida. hoy es lunes. medianía de agosto. lo digo por si algo pasa después.

don caballero

es una aparición recurrente, pero de carne y hueso. la primera vez que lo ví, esperaba sentada dentro del ascensor Reina Victoria a que se llenara de pasajeros para subir pronto a casa. entonces escuché que las maduras señoras que tenían a su cargo el funcionamiento del funicular no dejaban de adularlo. yo solo oía sus voces y me preguntaba qué clase de especímen entraría por la puerta en cualquier momento. pero eso no ocurría nunca porque las mujeres no lo dejaban partir. el ascensor estaba lleno y las expresiones de molestia en los rostros de los pasajeros era evidente. pero el ascensor seguía detenido. yo seguía escuchando la conversación del trío y me imaginaba que aquel hombre debió ser el más guapo de todos los guapos en sus años mozos. cuando la gente comenzó a silbar para que las mujeres se ocuparan de sus menesteres en vez de estar coquetendo con el veterano, sentí una ansiedad "como de año nuevo". cuando al fin entró a la cajita y el funicular comenzó a subir, no hice otra cosa que mirarlo, lo chequeé de pies a cabeza. el tipo tenía su look, eso era innegable: cabellera cana abundante, relucientes dientes blancos, ojos marinos y profundos, perfumado a lavanda, chaqueta de cuero café que hacían juego con sus zapatos. no medía más de 1.70 pero algo tenía en la mirada que le otorgaba un aire de seguridad en sí mismo. desde entonces lo veo cada vez que estoy en la calle. es una aparición real. un hombre entrando en los 60 que se pasea con garbo por el plan de valparaíso. no puedo dejar de mirarlo.

12.8.09

bye bye


te metistes en un lío
yo te digo
cerrar la boquita no cuesta nada
a menos que estés acostumbrada
corre por tu vida colorín
antes que tu rabia te lleve al fin
no cabemos en tu espacio perdido
esta mujeh ya te echa al olvido

11.8.09

lamentos

parroquiano 1: pero si tu sabís que yo siempre he sido obediente!!!!!

parroquiano 2: si pohh compadre!

parroquiano1: obediente, siempre llego a la hora, hago la pega que me pidan...

parroquiano 2: (silencio)

parroquiano 1: puta pero estos weones quieren que les trabaje gratis, yo puedo hacer todo lo que quieran pero trabajar gratis no puedo poh weón!

parroquiano 2: (silencio)

parroquiano 1: gano 120 lucas y los culiaos quieren que trabajé más!

(parroquianos con cerveza en El Dominó, anoche, tarde)

10.8.09

pirsin


a los 9 tenía sus orejas vírgenes hasta ese primer orificio y ahora este otro a los 14. y va ganando experiencia en anzuelos

túnel

camino a santiago, un túnel separa días despejados de días brumosos. es como pasar de un estado de ánimo a otro sin siquiera haberlo escogido. como cuando la regla no te llega y tienes que soportarte a tí misma haciendo de histérica y llorona, de dulzona dama y caliente esposa. un túnel tiene todo el misterio de ser una perforación extrema, el camino abierto al infinito.

3.8.09

lunes con mojones y bruma porteña

la bahía con bruma. la bruma tapando los rostros ajetreados de lunes por la mañana. mientras caminaba por el plan de Valparaíso pensaba que para que un mojón esté desparramado en la acera alguien debió esparcirlo temprano. tendría zapatos finos?, sería un bototo guerrillero? o tal vez una hawaiana de turista perdido con el clima?. olor a mar no se sentía. sólo bruma y gentío. desde cuando les ha dado por vender tantas "palestinas" en la calle? cuando se impuso la moda rebelde? un tipo que está cesante pide dinero con su casco de obrero de la construcción a la salida de un banco. a mí me regala una sonrisa de hombre feliz y me desea un buen día. y la cola que me mamo para pagar las cuentas no ayudan en amenizar esta mañana lenta y sempiterna. sospecho que la crisis los tiene a todos tensos y amargados. en esa línea vital ¿cuanto pueden pesar los políticos? a la hora de la felicidad no hay mago que se la pueda. solo la ruta imaginaria de la felicidad imaginaria.

13.7.09

despertate nena!

PERO COMO DICE SANTI
TENGO QUE RECUPERAR MI ARTE!

rosa seca

sentía el corazón en llamas y los ojos como pelotas
ya no le quedaba paciencia
un poco mustia se andaba poniendo
mustia mustia mustia
como un rosa seca

3.7.09

los dos en el mismo espacio

el barrio

electrónica porteña (colon street)

tu tu pah



es santiago en otoño, es el metro y el vaho húmedo de sábado por la mañana.




return


este era un jardín lleno de letras, imágenes y poesía. hasta que un buen día llegó el invierno. otro invierno con agua y sol escurridizo. y los cerros se llenaron de barro y pastito verde saliendo entre los adoquines. y los corazones se sintieron solitarios por la ausencia de compañía en las frías camas nocturnas. un solo de trompeta a lo lejos se sentía, el aullido de benita (la gata más sosa del bario) sorprendía por su humana entonación. Y así fue como hasta este jardín llegaron nuevamente chispazos de luz brillante.

(las torpederas, empezando julio y justo que había sol después de un aguacero)
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