un crepúsculo borroso
una agonía infinita
el lamento de una dama
los besos esquivos de un aristócrata
espacios en blanco
lagunas mentales
días perdidos
fatales sentimientos
(its too late)
La literatura es la recuperación del pensamiento previo… Iba pensando yo, solemne como buen teórico –por suerte ya no usan toga–, pero de pronto se llenó la micro y tuve que empequeñecerme en mi lugar. Mala suerte, me dije. Veía que los buses en dirección contraria venían vacíos (¿no dicen que es culpa de uno subirse a una micro llena?) y, sin embargo, haciendo memoria me di cuenta que siempre me ocurría lo mismo. O yo era el más culpable sobre la tierra, o mejor me ponía optimista (y razonable) criticando al famoso Transantiago.
Santo remedio, pensé al rato. ¡Hasta podría haber sonreído! Pero entonces empezaron los problemas. Escuché un grito alarmado desde la puerta: entre el montón de cabezas, una mujer quedó atrapada al bajar y otras mujeres exclamaban: “¡cuidado con la señora!, ¡la señora!”, mientras los hombres murmuraban, incapaces de articular palabra. La emergencia duró unos 20 segundos, gracias a que el chofer reaccionó rápido. Después de todo, ¿cómo podría ver algo con tanta gente aprisionada en el tarro de conservas? Luego se oyeron algunos diálogos molestos. Al lado mío una anciana hablaba en voz alta: “esto nunca va a mejorar, si parece chiste”. La vi tan impetuosa que decidí responderle: “todo viene mal desde el principio”. “Sonda no hace nada”. “Sí, señora, usted conoce la política…”. Se anduvo calmando, y dijo: “pero antes era peor”.
No supe a qué época se refería y no alcancé a preguntarle, ya que se escabulló apenas tuvo oportunidad. Pero no tenía razón. Cuando existían los mamut amarillos, era la misma cosa en ese recorrido, desde el centro a La Florida y más allá. Y a toda hora. Aposté entonces que incluso el tipo que hablaba por celular, cada vez más compungido contra uno de los barrotes para afirmarse, debía de estar conforme: ¡por fin volvíamos a la “normalidad”! Por las mañanas, desde los suburbios, hay más micros para llegar al trabajo, y al pasar de las horas se mantiene una frecuencia casi regular. Pero en dirección contraria ocurre lo contrario. La productividad primero y después los “usuarios” (cuidadito con decir trabajadores). Si esa es la norma a que obedecemos, ¿de qué quejarnos?
Pero nada que hacerle, uno se queja por toda la eternidad. De pronto, vi que alguien se bajaba, dejando libre un pequeño espacio en un rincón. Ésta es mi oportunidad, pensé arrojándome decidido al triunfo, y fue en vano…. Una mujer bajita, que no vi antes entre el gentío, me ganó las espaldas y se instaló frente a mí, mirándome seria.
Oh.
Por suerte me frené a tiempo, porque si no ahora estaría haciéndome el leso.
Quisiera llegar a una conclusión y no se me ocurre ninguna. Con el Transantiago nada cambió, y ya podemos ir anotándolo en nuestra larga lista de “revoluciones” fallidas. Los reformistas chilenos son un caso aparte: vienen conservadores desde la fábrica. Lo bueno es su capacidad para usar palabras: eficiencia, modernidad, inversión, planificación, productividad (¡otra vez!)… Enriquecen el vocabulario. Pero su gran logro será dejar las cosas como estaban. El mal menor nos persigue. El dinero corrió en distintas direcciones, se “innovó” creando un imbunche comercial privado-público, y listo. Pronto se hablará de un éxito tardío o parcial, cuando se nos borre el color amarillo y hasta soñemos con la franja verde. El gatopardo se ve extraño vestido con esos colores, pero estamos en Chile… ¿Servía algo de esto como conclusión? No lo supe. “Acá no brilla el oro”, dijo un tipo joven al bajarse de la micro. Alguna gente sonrió, y el resto seguimos luchando para que no nos quitaran el espacio.


No sé de qué quiero huir
Si
y las sirenas que tronan delatoras la retirada lacónica de una nave
acurrucan mis pensamientos frágiles como el serpenteo de las olas rastreras
Wilde escribió (cuando salió de la cárcel y perdió su alma)
Que un hombre debe morir cuando mata lo que ha amado
Como el procesado de traje gris raído
Que “bebía el aire como si tuviera algún calmante saludable”.
el instinto etéreo de amar sin dolor
Sin pensar que, tal como en la guerra, deben hacer caídos y victoriosos
Maté tantas ideas a las que adscribí con la facilidad de una puta (como quien compra babuchas a la pasada)
Lo cierto es que no pude besarlo porque olvidé como se hacía
No rocé su cuello porque olvidé como se hacía
No tomé su mano porque no sabía su nombre
No toqué sus cabellos porque quemaban
Quise besarlo con la bravura de un felino
Entonces Wilde tenía razón
Y yo era una muerta vestida de blanco mirando sus ojos garzos
Y miré
Que destellaba todo su esplendor y decadencia
Y atrás el cielo sumergido en una púrpura humedad
Escribí en mi cama versos en silencio
Y espero a la luna esperanzada
mientras cuelgo un tul sobre la lámpara
Ni san francisco
Ni porto alegre
Ni caracas
Ni buenos aires
No hay lugar a donde pueda huir
Ya regresé de la muerte

Los pequeños crustáceos saltaron a la notoriedad a fines de los "70. Estuvieron impulsados por una importante dosis de marketing. Pero en realidad eran -y son- un alimento especial para peces.
NEUQUEN (AN).- "Sólo añade agua y deja que la diversión surja. Las únicas mascotas vivientes que tu crías. Los "Sea Monkeys" ya están aquí y no sabemos qué hacer con ellos. Graciosos, divertidos, con colas de monos, verdaderos acróbatas acuáticos, juguetones hasta el cansancio y fáciles de criar".
Con semejante promoción, los "Sea Monkeys" provocaron furor entre los chicos y los no tanto de finales de los "70.
El fenómeno, apoyado en una eficiente campaña publicitaria con por entonces llamativas herramientas de marketing, fue tan impactante como efímero.
Fue tal la llegada que tuvo el producto que buena parte de quienes hoy superan la barrera de los 30 años, lo tienen incorporado como uno de los mayores engaños al que los arrastró el consumo.
Lo curioso del caso es que, aún hoy y llegado el caso, nadie podría apelar a defensa al consumidor para reclamar por la estafa, e incluso un buen abogado se las vería en figurillas para demandar al representante del producto "Sea Monkeys".
Es que todo lo que los vendedores decían sobre estas criaturas era cierto. Y es más, los "Sea Monkeys" existen y hasta se producen en Neuquén, en por lo menos un laboratorio de Neuquén, más precisamente en el Centro de Ecología Aplicada de Neuquén, en Junín de los Andes.
Lo que sí es una rotunda mentira es que tengan brazos, patas o caras; es decir no son antropomorfos. Y también están muy pero muy lejos de parecerse a un simio.
¿Qué son los "Sea Monkeys"? Un pequeño crustáceo que nace de diminutos huevos encapsulados que eclosionan al contacto con el agua y en un medio salino.
Se trata de un viejísimo alimento vivo para peces que alguien -posiblemente un norteamericano- descubrió como un excelente medio para ganar dinero, sobre todo en las grandes urbes.
El bichito se llama artemia salina y es un pequeño organismo que vive en las aguas salobres e hipersalinas de todo el mundo. Es la presa viva más adecuada para la alimentación de los estadios post larvarios de muchas especies de peces y crustáceos marinos.
Una definición enciclopédica indica que "en su fase adulta resultan un aporte interesante para una multitud de invertebrados e peces de acuario: es un crustáceo de la subclase de los anostráceros y conforma el plancton de las aguas continentales salobres".
El director del Centro de Ecología Aplicada de Neuquén (CEAN), Alejandro del Valle, explicó que en los laboratorios de Junín de los Andes "se los damos como comida a los alevinos de pejerrey, es un alimento muy bueno y muy conocido; lo que hicieron fue un gran negocio con mucho engaño", afirmó el biólogo en diálogo con este diario.
El científico explicó que lo más impactante de artemia salina son los huevos "tipo quiste que resisten cualquier cosa, quedan en vida latente y pueden aguanta incluso varios años hasta que eclosionan en contacto con el agua", agregó el biólogo de Junín de los Andes.
Con su nombre "Sea Monkeys", la artemia salina se vende en distintos lugares del mundo, con gran difusión sobre todo en las grandes ciudades donde se transforman en una alternativa a la falta de mascotas tradicionales. En Internet y para Estados Unidos, se pueden ver ofertas del kit de los "Sea Monkeys" con pecera, aireador y una lupa incluida a precios que van desde los 12 hasta los 30 dólares. Si se piensa en el furor que desataron hasta muy poco las mascotas virtuales (tamaguchis) la fantasías de los monos que son crustáceo no parece una locura.
Para incubarlos se puede apelar a un aparato que se coloca dentro del acuario, con un macarrón que insufla aire y manteniendo una temperatura de 27 grados y con oxigenación que llegue casi a la saturación.
De acuerdo a las enciclopedias, a las 48 horas nacen las artemias que a las tres semanas se cruzan entre sí.
El macho se identifica fácil: siempre está en la parte posterior de la hembra. La alimentación es sencilla, levadura común o fitoplancton que se venden en los acuarios.
La anécdotas sobre los "Sea Monkeys" son tantas como personas que recuerdan las promociones de 1979, cuando costaban 8.900 pesos y el azúcar era ofertado a 845 pesos.
Ricardo Dovio, que fue representante del producto en
"La idea original, de darle colorido, montar toda una industria gráfica alrededor del producto y convertirlo en un juego es norteamericana. Aquí solo hicimos la adaptación y lo comercializamos en Buenos Aires y en la región", explicó el multifacético inventor neuquino.
Con todo, a un cuarto de siglo de su lanzamiento, los "Sea Monkeys" asoman como un ejemplo de cómo se puede engañar diciendo la verdad y cómo el marketing puede disparar indefinibles necesidades de consumo. Y aunque parezca increíble para quienes recuerdan aquellos días, los "Sea Monkeys" existen y están entre nosotros.
"La emoción de pensar que tendría doce monos para mí"
NEUQUEN (AN).- Recuerdo que todo el mundo hablaba de ellos, de los monos de agua que yo imaginaba verdes, como los marcianos. Como la tele y el diario eran en blanco y negro, había muchas imágenes de las que sólo podíamos imaginar los colores. Se iba el verano del "79, cuando los "Sea Monkeys" se adueñaron de todas las conversaciones aunque nadie podía garantizar con precisión de qué carajo se trataba ¿monos? ¿humanoides? ¿Peces? ó ¿una mezcla de todo ellos?
Un amigo y compañero de clase -Wálter- fue el primero en comprar el kit con los huevos y aireador. El pibe -que tenía once años, como yo- era de esos amigos que muchos querían tener. Contaba con una pista de autos eléctricos, mesa de ping pong, bicicleta de cross, pelota y aro de básquet, hermosas hermanas mayores y -fundamentalmente- la virtud de compartir, aunque no todo, claro.
Me acuerdo la emoción que sentí el día en que mi amigo me aseguró que de los 100 que tenía previsto que nazcan, diez o doce (ya nacidos y con capacidad para sostenerse por sí solos) serían míos. Los días que siguieron fueron largos y anchos; y mi panza estaba llena de unas cosquillas parecidas a las que se sienten antes de la primera cita.
En el medio, mi tío Arturo había asegurado (nunca supe si lo decía en serio) que iba a comprar un sobre completo de "Sea Monkeys" (a 8.900 pesos con un dólar a 1.213) y que los iba criar en su bañera. Desde allí, del baño de su casa de soltero, iban a salir suficientes monitos para todos sus buenos sobrinos, una clasificación que yo entendía me era muy favorable. Temprano había desistido de insistir con mamá y papá sobre una compra particular, no tanto porque no hubiera explicado yo cuán importante era tener "Sea Monkey" sino por realidades elocuentes que no viene al caso detallar.
Así las cosas, toda la presión cayó sobre Wálter quien por esos días había hecho de las suyas y no podía recibirme en su casa donde -obvio- estaba la bendita pecera.
El tiempo se hizo pastoso y cada día antes de entrar a clase, Wálter demolía mis ilusiones. Decía que no pasaba nada, que los bichos no nacían y relataba que los huevos eran apenas partículas blancuzcas como granitos de sémola, hinchadas pero sin patas ni cabeza.
Confieso que la demora me hizo dudar de los valores y códigos de amistad, aunque ya por entonces corrían versiones malintencionadas a partir de las cuales se debatía sobre la existencia o no los "Sea Monkeys". ¿Serían verdes o rosados? -me pregunto.
Conservo nítido en la memoria el día en que Wálter llegó al aula y dijo que los huevos y el agua se habían ido por las cañerías, que eran todas mentiras y que ni él ni yo íbamos a tener jamás "Sea Monkeys", porque no existían. No pudo convencerme del todo, pero su estado de ánimo no daba para hacer muchas preguntas. El pibe era buena gente, pero tenía su carácter y además era el último de la fila.
Recuerdo que mi primo Marcelo estaba también defraudado por el fin de la fantasía: hablamos largo y tendido sobre el tema. Estábamos desarmados, lo mismo que el tío Arturo. Fue por esa época que, con mi vecino de al lado (Andrés), iniciamos una sistemática y eficiente captura y cría de mojarritas.
Rodolfo Chávez
rchavez@rionegro.com.ar
Tienen una forma similar al caballito de mar, pero son aún más pequeños. Esta mascota instantánea puede vivir cerca de dos años y crece hasta alcanzar 2 centímetros, creando una colonia o comunidad que el niño puede criar sin riesgo alguno en casa.
Mi pueblo o composición de una largas vacaciones en la costa
Este es un pueblo con el cielo como tierra y la costa como edén.
Aquí los habitantes se dividen entre los que viven la vida hablando del resto, los que disfrutan sin molestar a nadie y los que defienden el lugar objetando todo cambio. Me falta mencionar a los que te disparan cuando no estás de acuerdo con ellos.
Con todo, cada mañana la brisa inunda las cabelleras y el murmullo citadino se mezcla con el rugir del viento. Poderoso como una fragata de guerra. El día termina con cada noche. Las copas rotas trastabillan sobre las soleras y los perros acompañan los despertares.
Radiación Solar se trasmite al desayuno para alegrar las cabezas divididas de los lugareños. También los informa y los sostiene a punta de música contemporánea. La radio que emite este programa tiene nombre de bebida gaseosa.
Esta mañana, sin embargo, no pudimos oír una de sus voces, la del tono grave, la cual emigró del pueblo pues le adeudaban el salario de tres meses lo cual consideró impresentable. Se le extraña.
Entre sus calles se puede ver también preciosas mujeres que con sus piernas contorneadas emulan sirenas dispuestas a sostener toda existencia.
Conozco a una que bebe por las noches sumándose a la alcohólica jauría masculina que inunda los bares tan conocidos de este emporio. La he visto regresar ebria a su casa colgante. Llorando en el zaguán por un amor que ha perdido. Arrojando sus tacones desde el balcón como ofrenda a la aurora sureña.
Dicen que perdió los estribos siendo niña. Cuentan que su constante itinerancia la llevó por caminos insospechados. Que odia a los animales. Que pinta cuadros taciturnos en sus lapsos de sobriedad.
